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Medio siglo de terror

Viernes, Julio 31st, 2009

ETA celebra su cincuenta aniversario haciendo lo único que sabe: matando. Dos atentados en cuarenta y ocho horas pretenden trasladar a los ciudadanos un mensaje falso de fortaleza.

Lo cierto es que la banda llega al medio siglo de existencia arrinconada por la práctica totalidad de la sociedad vasca, internacionalmente aislada, acosada como nunca por el gobierno francés y presentada como la última morralla del terrorismo continental; sin un partido político en las instituciones que dé pábulo a sus acciones criminales y con el brazo político escayolado, rebasado claramente por otras opciones independentistas y de izquierdas que condenan totalmente el uso de la violencia.
Operativamente, es evidente que ETA no está en disposición de reeditar los brutales años del plomo: los comandos y las cúpulas caen una tras otra por la fuerte presión policial y por la inexperiencia y los errores de quienes llegan a jefes terroristas siendo demasiado jóvenes para sustituir al detenido de turno.
Asimismo, la división en la banda y las disidencias, especialmente dentro del colectivo de presos, comienzan a salir a la luz, algo impensable en los mejores tiempos de la banda.

Pero si algo ha condenado a ETA a un irremisible final (a lo Grapo y no al estilo del IRA) además del hartazgo general de la sociedad vasca y española, además de la locura original de este viaje a ninguna parte, esa última puntilla digo, fue la que se clavó a sí misma la banda al romper la última tregua.
La última ocasión para alcanzar un final dialogado y una cesantía de la violencia en términos, por así decirlo “decorosos”, a falta de un adjetivo mejor.
Se dejó pasar la última oportunidad y no se pudieron evitar las ocho muertes que ya se contabilizan desde el final de la última tregua.
Y serán algunas más las que nos deparen estos canallas. Hemos de ser conscientes de ello y permanecer unidos en torno al Estado de Derecho y al trabajo de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado para minimizar los últimos chispazos de este odioso fuego, prácticamente reducido a brasas y condenado a consumirse para siempre.

ETA está abocada a su extinción desde el mismo momento en que llegara la democracia a España hace ya más de tres décadas. La democracia española no podía convivir con una tiranía dentro de sí, el pluripartidismo no podía comprenderse con ediles socialistas y populares asesinados de un tiro por la espalda, la libertad reconquistada no casaba en absoluto con la esclavitud de los chantajeados, de los secuestrados, de los amenazados, de los que tuvieron que marcharse del País Vasco.

Y es que ETA ha matado más en términos absolutos y relativos en la España democrática, en la España de las autonomías que en la España del oscuro franquismo.
Más en los momentos en que la ikurriña estaba en las instituciones que cuando se perseguía este símbolo por parte de la dictadura. Han matado más en la Euskadi del Estatuto, más en la Euskadi del autogobierno, en la Euskadi de las ikastolas y del euskera normalizado, que en los tiempos de la dictadura que decían combatir.

De eso, de combatir el franquismo, han pasado a ser uno de los últimos vestigios del antiguo régimen con los que el pueblo español se ve obligado a convivir. ETA es el principal problema del País Vasco. No son liberadores de nada ni de nadie, son sus dictadores, son los tiránicos dominadores de aquel pueblo que los aborrece y que les ha exigido de una forma cada vez más ruidosa y decidida, cada vez con menos miedo, con la palabra y en la calle ocasión tras ocasión, su definitiva desaparición.

Mi primera manifestación fue en 1997. Fui con mi familia a manifestarme contra esos malos de cariz cinematográfico, esos malos de película, inconcebibles, intangibles con apariencia irreal a los que temía desde una óptica infantil. Recuerdo que allí estuvo todo Madrid, que la ciudad entera y todas las casas se vaciaron para volcarse en una sola calle, en un solo grito. Con los años he visto fotos publicadas en prensa, en distintos medios y me he dado cuenta que ahí no estaba todo Madrid, ahí estaba toda España, toda España gritando con rabia contra el asesinato de Miguel Ángel Blanco, hijo de albañil y ama de casa, asesinado por pensar. Estuve allí, seguramente sin ser consciente del todo.

Y hoy, años después, ya consciente de que esos malos de carne putrefacta y huesos roídos matan a gente de carne y hueso, a ciudadanos de verdad, a niños como lo era yo entonces, a compañeros de partido y a las personas que velan por nuestra seguridad, iré a otra concentración. Esta será en la plaza del ayuntamiento de mi ciudad y ha sido convocada en todas las ciudades de España 24 horas después del último asesinato, para decir otra vez: ¡No a la violencia! ¡ETA no! ¡Basta ya!

Los demócratas seguimos en pie.

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