La mala educación

Y no me refiero al vocabulario de la lenguaraz marquesa, a ese suceso-árbol que tapó todo un bosque de liberalismo sui generis y falaz, de mangoneo gubernamental en Caja Madrid a costa de un hipócrita discurso ‘no intervencionista’.
Más que a la educación personal de la chabacana presidenta, me gustaría referirme una vez más al tipo de educación que reciben esos niños y niñas madrileños que no pueden o no quieren engrosar las cuentas del selecto British College que contempló a nuestra Aguirre. Hablar una vez más del estado de la educación madrileña, de la mala educación, de esa llaga sangrante que venimos denunciando desde hace tiempo.
La lista de agravios y despropósitos contra la calidad de lo público sería prácticamente interminable, los últimos episodios dan buen ejemplo de ello: el escándalo del Álamo o la gañanada de los portátiles quema-retinas.
Como podemos leer en Público, el gobierno de Aguirre ha recibido nueve sentencias en relación con la educación en el plazo de un año. La última a iniciativa del ayuntamiento socialista de Parla “contra el criterio de admisión de alumnos en los colegios de la localidad establecido por la consejera de Educación de la Comunidad de Madrid, Lucía Fígar”.
El ayuntamiento que dirigió Tomás Gómez recurrió una norma de Educación que “segregaba” a los alumnos según el nivel económico de sus familias. Nueva muestra de la barbaridad institucionalizada en esta comunidad en la que a la segregación por sexos (mediante la subvención de centro del Opus y Legionarios de Cristo) o a la segregación por rendimiento académico (Madrid insta a organizar en cada curso académico grupos de listos y menos listos) hay que sumar también la segregación económica, consecuencia lógica derivada de unas políticas anti-sociales que han llevado al sistema educativo madrileño a los puestos de cola. Unas políticas que comprometen el futuro de la región.
Las políticas de Aguirre y de su consejera Figar, van en contra de la Justicia y de la justicia, pero aquí nadie da explicaciones y por supuesto, por supuestísimo, nadie dimite.
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